Si nuestro camino nos lleva hasta Castilla y León, una de las ciudades en la que más nos puede interesar hacer una pequeña parada es Burgos. Sin ser una gran ciudad, solo ronda los 180.000 habitantes nos ofrece un gran patrimonio histórico que nos evocará viejos recuerdos de la época del Cid Campeador.
La joya de la corona del patrimonio histórico del que dispone, es la Catedral de Burgos, declarada Patrimonio de la Humanidad y la mayor obra de estilo gótico realizada en España. Su imponente fachada cargada de belleza es el mejor recordatorio de que es obligatorio realizar una visita y empaparse de la infinidad de detalles con los que cuenta como puede ser el Papamoscas, un autómata que desde el siglo XVIII acciona el badajo de una campana en todas las horas en punto.
Una vez conocida la Catedral, podremos empezar una ruta por muchos de las joyas que aún perduran desde la época medieval, como el Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas o la Cartuja de Miraflores, monasterios en los que observaremos recuerdos de los antiguos reyes castellanos.
Saliendo de los edificios de carácter religioso, podremos visitar en el cerro de San Miguel las ruinas del Castillo de Burgos, fortaleza levantada en el año 884 pero que fue destruido en la Guerra de la Independencia y del que solo se conservan sus ruinas. Estas ruinas, nos ofrecen la mejor visión panorámica de la ciudad desde su privilegiada posición.
Aparte de la variedad de puntos históricos que nos podemos encontrar en Burgos, podemos conocer la Casa del Cordón, palacio originario del siglo XV o el Museo de la Evolución Humana, que junto al Centro de Investigación y al Auditorio luchaban por ser los proyectos culturales que llevasen a Burgos a ser la capital europea de la cultura en 2016 aunque finalmente este honor recayó en San Sebastián.
Para tomarse un descanso de las visitas culturales, se nos ofrece una buena variedad gastronómica con la que recuperar fuerzas. El proyecto estrella que nos ofrece Burgos, es su mundialmente conocida morcilla de Burgos, elaborada con cebolla, arroz, sangre de cerdo y manteca de cerdo sujeto por una tripa de cerdo. Sus ingredientes puede ser que no suenen muy apetecibles pero es un plato exquisito que se puede acompañar de un buen queso de la zona y completarlo con una copa de vino de los conocidos vinos de la Ribera del Duero.



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