Si todas las ciudades con pedigrí se acogen a un mérito o a un tópico y lo hacen suyo para que sea su escaparate al mundo, Valencia ya tiene también su etiqueta. Del mismo modo que París es la capital de la moda o Edimburgo la del whisky, Valencia se ha enganchado al saber, a las artes y a las ciencias para encarar el futuro desde la modernidad.
La Ciudad de las Artes y las Ciencias
Hoy, consta de seis grandes edificios que acogen el Museo de las Ciencias, L’Hemisfèric, L’Umbracle, el Palacio de las Artes, el Parque Oceanográfico y el Ágora. El gigantesco Museo de las Ciencias Príncipe Felipe es tan sorprendente desde el exterior como interesante es su interior. Por fuera, parece la versión vanguardista del esqueleto de algún monstruo marino, y por dentro, esperan al visitante 40.000 metros cuadrados de exposiciones científicas, tecnológicas y contenidos interactivos. Hasta finales de junio, la interesante exposición Claves de la España del siglo XX describe la evolución de la sociedad española en ese siglo.
En L’Hemisfèric se proyectan espectáculos audiovisuales en tres dimensiones en una pantalla gigante y hemisférica Ruta de 900 metros cuadrados. Por su parte, el Parque Oceanográfico, cuya cubierta está diseñada por Félix Candela, alberga una auténtica ciudad submarina con los diferentes hábitats marinos del planeta, mientras que el Palacio de las Artes se convertirá en uno de los centros de ópera, teatro, música y danza más importantes del mundo. Aloja tres auditorios –uno al aire libre– una escuela de cinematografía, un centro de artes escénicas y una filmoteca.
La localización de la Ciudad de las Artes y las Ciencias en el antiguo cauce del Turia viene a completar 10 kilómetros de proyectos urbanísticos por donde antiguamente circulaban las aguas del río. Una riada de efectos devastadores en 1957 obligó a modificar su cauce natural –que ahora pasa por el sur de la ciudad–, lo que dejó a Valencia sin el embrujo propio de una ciudad con río, pero a cambio recuperaron con jardines e instalaciones deportivas lo que pudo haber sido una injustificable circunvalación. En ese lugar se levantó el moderno Palau de la Música, sede de la Orquesta de Valencia.
Cruzando por alguno de los 20 puentes de ese recorrido se accede al corazón de la ciudad vieja, la zona de Valencia con mayor encanto, que acoge buena parte de los edificios y monumentos de importancia. De las antiguas murallas sólo quedan en pie las Torres de Serranos y las Torres de Quart, ambas proyectadas como puertas de defensa y de estilo gótico. En el enjambre de callejuelas de la parte antigua destaca el conjunto catedralicio –cuyo origen se remonta al sigo XIII–, situado entre las concurridas plazas de la Virgen y de la Reina. Desde cada una de ellas se observa la superposición de estilos que caracteriza a la catedral, cuyo principal exponente son sus tres puertas: románica, gótica y barroca. La torre y campanario de la catedral, el Miguelete –otro de los símbolos valencianos, actualmente en restauración–, se encuentra en los escasos metros que separan una plaza de la otra.
Como buen epicentro turístico que se precie, esas calles tienen todo el ambiente multicolor previsto, que incluye venta ambulante de cerámicas, divertidas terrazas y pintores ocasionales. Muy cerca se encuentra el Almudín, edificio del siglo XV, antiguo almacén de grano, hoy convertido en sala municipal de exposiciones, que acogerá durante la Bienal un espectáculo de dos cineastas serbios, con los horrores de la guerra de Sarajevo como telón de fondo.
En las inmediaciones del mercado, también en el centro, se juntan tres edificios de parada obligada que son el orgullo local. El mercado Central es uno de los puntos neurálgicos más palpitantes de Valencia, ya que en sus 8.000 metros cuadrados conviven más de 1.000 puestos para la venta de productos frescos, entre los que destacan los propios de la tierra: cítricos, verduras y pescados. El ajetreo de esta despensa valencianas se produce en el interior de un edificio muy singular, de estilo modernista, repleto de vidrieras, mosaicos y varias cúpulas espectaculares.
La Lonja de la Seda:
Cruzando la calle se encuentra la Lonja de la Seda o de los Mercaderes, que data de 1480, donde antiguamente se lidiaban los asuntos mercantiles y marítimos. Hoy es una de las mejores edificaciones del gótico civil de Europa. Tanto por dentro como por fuera reúne excelentes muestras arquitectónicas de la época, lo que posibilitó que fuese declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996. Algo más alejado se encuentra el Palacio del Marqués de Dos Aguas, que encierra una puerta de entrada absolutamente pletórica que alberga el Museo Nacional de Cerámica.
Por lo que respecta a las pinacotecas valencianas, el Museo de Bellas Artes acoge colecciones de gran riqueza de artistas valencianos de los siglos XV y XVI, y también de la escuela contemporánea. La exposición de obras de otros famosos pintores –como Goya, Murillo, El Greco, Velázquez o Van Dyck– y la sala de esculturas de Mariano Benlliure convierten a este museo en uno de los más importantes de España. Del mismo modo, el Instituto Valenciano de Arte Moderno se ha abierto paso entre los mejores, gracias a sus ocho galerías de arte contemporáneo español. Su oferta se basa en la colección permanente de Julio González y en exposiciones temporales en el propio IVAM y en el anexo Centro del Carmen.
Dejando el centro en dirección al puerto se llega a la rehabilitada playa de la Malvarrosa, que junto a su amplio y animado paseo marítimo, recuerda a cualquier lugar de veraneo de postín de la costa mediterránea, pero con la diferencia de que esa playa de arena blanca se encuentra en el interior de la ciudad, no a cinco, ni a 10 ni a 50 kilómetros de ella.
No muy lejos de allí, también habrá actividad de la Bienal: por un lado, el Tinglado del Puerto acogerá un espectáculo futurista nocturno de un director artístico japonés; y por otro, la Reales Atarazanas –otro monumento del siglo XIV, testimonio del esplendor marítimo– será testigo de la exhibición Russian Madness.



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